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La Pequeña Mujercita
Había una vez una mujer que era tan pequeñita pero tan pequeñita, que cuando caminaba por la calle la gente la tropezaba porque no la podían ver.
El ir al supermercado o a hacer cualquier diligencia fuera de su casa se había convertido en un verdadero martirio para ella.
Cuando lograba llegar al supermercado,necesitaba de mucha energia y coordinación para manejar el carrito donde lanzaba cada producto que necesitaba comprar. Mientras caminaba, la gente miraba con sorpresa como un carrito se desplazaba solo a través de los pasillos, y con frecuencia comentaban:
- Oh ya inventaron un carrito automático, que maravilla!!
Otros se asustaban pensando que el carrito era empujado por un ser invisible
Pero cuando se acercaban a curiosear,descubrían apenados a la diminuta mujer haciendo uso de toda su fuerza para lograr llegar a la siguiente estanteria..
Las personas, por respeto y consideración, desviaban la mirada hacia otra parte antes de que la pequeña mujer se diera cuenta de que la estaban observando.
La parte mas complicada era la de colocar los productos en la caja registradora y el proceso de pagarlos.
Ya estaba acostumbrada a ver desde allá abajo con cara de incógnita y preocupación, a la cajera moviendo su cabeza de derecha a izquierda en búsqueda del cliente responsable de esos alimentos,mientras daba saltos desesperados tratando de que la amable señorita lograra ver su mano en uno de esos difíciles ascensos.
Una tarde llegó a su casa agotada de tanto esquivar a los demás peatones para que no la atropellaran, y se subió en una silla a meditar. Tenía que existir alguna solución para su problema, o algún día iba a recibir un gran tortazo en plena calle.
Después de pasar una hora pensando, decidió que la solución sería comprarse un enorme sombrero de algún color llamativo, y así sería muy fácil que la vieran desde lejos.
Saltó de la silla y salió a la calle rápidamente para dirigirse a la tienda de sombreros más cercana. Una vez adentro se detuvo a recuperar el aliento, pués había visto un perro a lo lejos y corrió para alejarse de el.
Luego caminó hacia los estantes de sombreros para dama y de inmediato vió el sombrero perfecto. La vendedora de la tienda, quien se encontraba sola en ese momento, la pudo ver con facilidad, parada en el centro de la tienda.
- Buenas tardes, se… señorita, la puedo ayudar en algo?preguntó la vendedora.
-Si, buenas tardes. Por favor, quiero medirme aquel sombrero verde.
Sin decir palabra, la asombrada vendedora se acercó al estante donde se encontraba el sombrero y se lo dió a la menuda mujer.
- Aquí tiene.
- Muchas gracias, contestó la mujercita con altivéz, tratando de disimular su bochorno. .
Pero cuando puso el sombrero en su cabeza, desapareció por completo. El sombrero la cubrió en su totalidad. La vendedora enrojeció y dió la espalda a la mujercita.
- Asistenta?
- Si señorita? contestó la vendedora sin voltear.
- Podría por favor ayudarme a quitarme este sombrero?
- Cómo no señorita. No faltaba más.
La vendedora se acercó lentamente y retiró el sombrero. Sintió pena al ver que la mujercita se encontraba algo despeinada.
La mujercita sintió tanta verguenza que se despidió de inmediato y se dirigió hacia la salida. .
Entonces, comenzó a caminar casi rozando las vidrieras de las tiendas para asegurarse de que no la tropezaran, y de pronto, encontró la siguiente posible solución.
- Si, esos zapatos solucionarán mi situación.
Entró a la zapateria y los vendedores estaban vestidos como punks. Todos la observaron paralizados, y uno de los chicos se le acercó.
- En qué puedo ayudarte, pequeña?
- Quiero probarme esos zapatos por favor.
La mujercita escuchó varias risitas ahogadas desde la parte de atrás de la tienda, pero decidió no dejarse intimidar.
- Qué número dulzura? le preguntó el jóven.
- Obviamente la más pequeña que tenga. Respondió la mujercita con cinismo.
- Muy bien. Contestó el chico.
Cuando el vendedor regresó con los zapatos, la mujercita le pidió que se los pusiera y que se los amarrara como pudiera a los tobillos, pués los zapatos eran unas grandes plataformas rodeadas de largas trenzas.
Una vez finalizada la ardua tarea, la pequeña mujer se agarró de la mano del vendedor, quien ya le empezaba a caer bien, y ambos caminaron unos centímetros hacia el espejo más cercano.
Cuando se observó le pareció que ofrecía un espectáculo espantoso, pués imaginense una persona tan pequeñita montada sobre sendas plataformas. Pero no le importó, ya sería más fácil que la vieran caminar por las aceras.
Pero cuando decidió caminar por si sola, perdió el equilibrio de inmediato y fué a caer sobre un grupo de cajas de zapatos que una chica estaba organizando en ese momento.
Salió de la tienda tan pronto el chico le quitó los zapatos, y decidió volver a su casa. Su problema aparentemente no tenía solución.
En eso, divisó a lo lejos una venta de pelucas y se le encendió el bombillo nuevamente.
- Claro, esa es la solución, una gran peluca!!!! exclamó.
Entonces caminó hacia la tienda y entró sin pensarlo mucho. Se compraría una peluca roja.
No podía creer la variedad de pelucas que veía. Y en uno de los estantes pudo ver la que buscaba. Era una peluca larga, pero en la parte de arriba era corta y estaba peinada con un estilo parecido al de las chicas de la zapateria, muy levantado adelante. Esa era la respuesta que buscaba.
- Por favor señor, quiero probarme esa peluca
El vendedor dió un salto y colocó sus manos en su pecho pués como no la había visto, no sabia de donde provenía la voz.
El pobre señor comenzó a mirar a todos lados y lucía muy confundido.
- Aquí, señor, aquí, abajo. Hola!!!!
El señor al fin miró hacia abajo y vió a la mujercita dando saltos nerviosos mientras le decía:
- Cálmese señor, cálmese, aquí estoy.
- Hay señorita que casi me mata. Discúlpeme por favor, pero es usted tan menudita.
- Si , ya lo sé, ya lo sé. Precisamente por eso estoy aquí. Estoy buscando una forma de que la gente me vea en la calle para que no me pateen sin querer.
- Hay Dios mio, y cómo puedo yo ayudarla?
- Pués páseme esa peluca roja, esa, no,la de al lado, esa si.
-Aquí tiene señorita. Quiere que se la ponga?
- Si por favor.
- Venga y sientese en esta silla frente al espejo.
El señor colocó la peluca en la cabeza de la mujercita, pero en vista de que casi sucedió lo mismo que con el sombrero, el conmovido señor le hizo unos arreglos, tomando unas medidas aquí y allá, y logró ajustarla a la pequeña cabecita de la impresionada mujer.
No podía creer lo que veía. Se paró en la silla para poder contemplarse en el espejo y lo único que podía ver era una gran cantidad de cabellos rojos parados, brillantes y saludables,pero su cara y su cuerpo eran casi imperceptibles, pero eso no importaba, ya no pasaría desapercibida por las calles.
La mujercita salió a la calle muy emocionada con los resultados de su búsqueda. Comenzó a caminar hacia su casa, y por primera vez en su vida, pudo observar que la gente la miraba y se hacían a un lado para dejarla pasar. Todo el mundo la miraba con curiosidad, pero no le importaba, ya formaba parte del grupo de peatones de esa ciudad, y eso la hacía muy feliz.
Regresó a su casa y esa noche durmió felíz. Al día siguiente saldría al supermercado y además iría a visitar a una vieja amiga para que le diera su opinión sobre la peluca.
En la mañana salió a la calle muy contenta e inició su recorrido. Lo único que se apreciaba andar por la calle era una gran peluca roja y dos pequeños zapatos negros que la sostenían.
Cuando llegó a la esquina, se detuvo para esperar a que la luz del semáforo cambiara para cruzar la calle, cuando de pronto, sintió que algo le halaba la peluca y se la arrancaba de un solo tiro.
Volteó espantada para ver a un gran perro corriendo a lo lejos con su amada peluca entre los dientes.
La mujercita se sentó en la acera y comenzó a llorar. Había gastado mucho dinero en esa peluca y estaba felíz de haberlo hecho.
A los minutos se levantó y decidió igualmente ir al supermercado, pero cambió de opinión. Mejor iría primero a la casa de su amiga. Necesitaba contarle a alguien lo que le había pasado.
Iba caminando con gran tristeza, cuando pudo ver la misma tienda de sombreros que había visitado el día anterior. En eso, una señora que caminaba muy apurada le pateó en una de sus pequeñas piernitas con la punta de sus zapatos .
- Hay, Hay, Hay, saltó la mujercita dando gritos de dolor.
En eso, la vendedora de la tienda la vió y salió para ayudarla.
En vista de su dolor, la cargó con ternura y la colocó en una de las cómodas sillas de la tienda.
- Hay, señorita, qué le ha sucedido?
- Una señora que no me vió me pateó con la punta de su zapato.
- Cuanto lo lamento, quisiera buscar una manera de ayudarla. Por eso es que quería comprarse el sombrero?,para que la vean con más facilidad?
- Si señorita, la verdad es que nadie me ve, y no es la primera vez que alquien tropieza conmigo.
- Quizás yo tengo la solución para usted.
- Si?
La vendedora agarró el mismo sombrero verde que la mujercita se había probado el día anterior, sacó unas tijeras de la gaveta, y trabajó en el sombrero durante unos minutos.
-Venga señorita, vamos a pararnos frente al espejo.
La mujercita saltó de la silla, aún con dolor en su piernecita,y se paró frente a la vendedora.
- A ver, así, muy bien, perfecto. Ya, qué le parece? preguntó la vendedora.
La mujercita volteó para encontrarse en el espejo, con un gran sombrero a través del cual podía ver. La vendedora le había abierto dos grandes agujeros al nivel de los ojos.
- Se lo regalo!
- Muchas gracias, es usted muy buena, adiós.
- Hasta pronto. Pase a visitarme de nuevo por favor.
- Si, lo haré.. Un gran sombrero verde salió de la tienda, desplazandose rápidamente, y una vez más la mujercita cautivó las miradas de los curiosos.
Caminó y caminó la mujercita hasta llegar a la casa de su amiga. Cuando esta abrió la puerta y vió al sombrero con grandes ojos tristes mirándola, no supo qué decir.
- Manuela?
- Si, Manuela.
- Pero, qué haces con ese sombrero?
- Es una larga historia amiga.
- Entra, entra, por favor. Vamos a sentarnos en el jardín y ya me lo contarás.
Cuando Manuela se quitó el sombrero, estaba mojada de pies a cabeza, había sudado tanto gracias al pesado sombrero, que parecía que salía de una piscina.
Su amiga tomó el sombrero y lo colgó de una de las cintas de secar la ropa en el jardín, y las dos se sentaron a tomar limonada.
Manuela le contó todo lo sucedido a su gran amiga, y ambas se rieron y lloraron juntas.
Entonces, el perro de la amiga de la mujercita salió al jardín y Manuela asustada se paró en la silla.
- Mota,vamos adentro, adentro. dijo la amiga de la mujercita.
Pero el perrito se acercó tiernamente a Manuela, y se dejó acariciar por ella. Desde ese momento no se separó de ella y Manuela se encariñó también con él.
Una hora más tarde, el perrito comenzó a jugar con ella y le hizo señas de que se montara sobre él. Entonces Manuela, con la ayuda de su amiga, se sentó sobre el perrito como si este fuera un caballo.
Durante un largo rato, los dos jugaron en el jardín y Manuela se sentía felíz y en confianza con Mota.
Fué entonces cuando la decisión final llegó a la mente de ambas amigas. Esa era la solución. Las dos rieron y se abrazaron.
Desde ese día Mota viviría con Manuela y la acompañaría a todas partes.
Cuando se despidieron, Manuela iba dichosa sentada sobre Mota, quien fué desde ese día su compañero inseparable. |
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